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Hay pocas cosas tan ensordecedoras como el silencio - Privado

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Mensaje por Eleanor Campbell el Sáb Sep 20, 2014 4:22 am
Así como los días nublados siempre son sinónimo de mal humor, los días lluviosos lo son de problemas. No puede ir en bicicleta hasta el trabajo, los niños reclaman por cualquier cosa y su madre intenta que todos entren en el auto antes de que se les haga tarde. Llamarlo automóvil es ser demasiado amable, aquello no es más que una furgoneta llena de colores que en vez de asientos posee almohadones en el suelo y tablas de surf. Eleanor preferiría ir caminando que tener que aguantar todo el trayecto hasta el colegio de sus hermanos y más encima luego volver a la tienda que probablemente estará vacía hasta que el sol vuelva a salir, si es que lo hace ese día.

Para las once de la mañana tiene agendada una clase del nivel inicial con alumnos adultos, la mayoría de ellos son turistas o algunos que vienen todos los veranos y podrían pasar por residentes de no ser por sus evidentes diferencias con los nativos de la isla. Su día completo por lo general gira en torno a las actividades a la orilla de la playa que deba hacer, pero cuando todo comienza como llovizna y finalmente se convierte en agua que cae como si la arrojaran con un balde, los planes cambian y no puede más que ir descubriéndolos a medida que avanzan las horas.

Enfundada en el traje de goma, espera bajo los árboles cerca de donde normalmente estarían algunos vendedores ambulantes. El reloj en su muñeca le indica que ya han pasado más de diez minutos desde la hora acordada para la clase. ¿Es que acaso todos son terroncitos de azúcar que le temen tanto a un poco de agua? Estar mojada y no precisamente por pasar horas en el mar no es algo que le agrade del todo. Es por esto que decide esperar sólo quince minutos más, tal vez la misma lluvia ha hecho que todos se retrasen.

Eso fue lo que creyó los primeros catorce minutos. Momentos antes de irse una figura aparece y además camina lento, tiene el cabello mojado y desde lejos no es capaz de distinguirlo bien, pero a medida que se acerca reconoce su silueta y sonríe – a medias – sólo porque ahora tiene la excusa perfecta para subirse a la tabla. —Al parecer no todos le temen a la lluvia… —la frase sale en voz alta, el cabello rubio de Eleanor se pega a la piel de su rostro y sus labios se ensanchan como si esa sonrisa fuera mayor bienvenida que la que puedan dar las palabras.

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Mensaje por Miles K. Snnichder el Dom Sep 21, 2014 2:33 am
Dos semanas habían transcurrido desde que una avioneta lo había llevado a aquella isla, tan reconocida en los anuncios publicitarios. Solían decir que no había un lugar mejor para pasar unos días, pensar, divertirse y conocer aquel maravilloso vínculo que existía con la naturaleza. Todo eso había llamado su atención. Odiaba el hecho de tener que irse de Dublín. Irlanda es y siempre será su lugar favorito en el mundo. Sin embargo tenía que salir de ahí. Tenía que aprovechar la oportunidad que se le presentaba, su padre estaba de viaje y no se daría cuenta del momento en que subiría al avión con el único objetivo de escapar de aquella vida tan monitoreada. Era un ser pensante, distinto a él. Eso era algo que él no aceptaba y nunca lo haría. Unos días lejos de su padre intentando moldear sus zapatos era lo que buscaba. Y al bajar de la avioneta que lo llevo a aquel maravilloso lugar sabía que lo conseguiría.

Una isla pintorezca así como la gente que habitaba en ella. Por más que no llevaba más que dos semanas por ahí, ya conocía a un par de personas que le hacían sus días más placenteros. El mar, ese era su sitio favorito de aquel lugar. El agua cristalina con aquella tonalidad azul, la arena blanca y suave y todas aquellas chicas en bikini, sin duda alguna esto era un paraíso. Había ido en sus primeros días a disfrutar de una tranquila mañana, se había instalado en una silla de playa con sus pies rozando la arena mientras un libro reposaba sobre sus piernas. Paso las hojas lentamente simplemente disfrutando de la brisa remover su cabello y traer aquel viento cálido sobre su piel. Finalmente vio aquel pequeño grupo de surfistas que se encontraban montando sus tablas para atrapar un par de olas. Le gustó, no tuvo que pensarlo más, quería aprender a hacer todo eso.

Minutos después se encontraba pidiendo informes en una de las tiendas cercanas que anunciaban artículos de surf. Ahí es donde había conocido a Eleanor, la instructora de surf. Una joven rubia, lista y también bastante guapa tenía que admitir. Suponía que de algún modo aquello le motivo a unirse a su recién conformado grupo de surfeo. Unos cuantos chicos y chicas más se encargaban de tomar las lecciones dos o tres días a la semana. Aquella mañana el viento soplaban con fuerza, podía escuchar la lluvia chocar contra su ventana anunciándose. No había sido notificado de que las lecciones fueran a ser canceladas así que se presentaría de igual forma. Solo esperaba que alguien más también estuviera ahí, no quería quedarse parado en medio de la lluvia como un idiota. Se puso el equipo para surfear y salió de aquella habitación de hotel que tanto le gustaba. Era amplia, pero al mismo tiempo acogedora. Su hogar, este había sido su hogar en las últimas semanas. Extrañaba Irlanda, pero no se arrepentía de haber tomado la decisión de venir, habían sido unos días memorables. Caminó hacía el lugar de encuentro, era tarde.

Minutos después se encontraba ahí bajo aquel árbol en el cual solían encontrarse entre semana para sus lecciones diarias. Eleanor estaba ahí, pero no había nadie más. Al parecer la mayoría había desistido por la lluvia, pero si no se equivocaba la lluvia traía mejores olas. Bueno, ya lo comprobaría después. Sonrió también a la rubia al momento que termino de acercarse a donde estaba resguardada bajo las hojas frondosas del árbol. Escuchó aquello de que al parecer no todos les temen a la lluvia y negó con diversión. –Si no me equivoco la lluvia nos trae mejores olas- Pronunció después de unos segundos, removiéndose el cabello un poco con el único fin de acomodarlo. Se encontraba mojado, podía sentir las gotas escurrir sobre su rostro. Pero no le molestaba, en absoluto. Caminar bajo la lluvia era una actividad que seguramente se encontraría haciendo más de una vez. Era, relajante. –Entonces, ¿Planeas quedarte aquí bajo las hojas todo el día?- Preguntó divertido, mordiendo levemente su labio y observando a la rubia. Podía ver las débiles gotas correr sobre su piel, aquella piel blanca y tersa. Le guiñó un ojo y comenzó a caminar hacía las tablas que estaban sobre la arena. La verde con franjas rojas era la suya, le había gustado desde el primer momento en que la había visto, le recordaba Dublín. Tomó la tabla entre sus manos acomodándola bajo el brazo y comenzó a caminar hacia el mar esperando a que ella se uniera en su camino.
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